La adhesión de Manuel Adorni, su esposa y Federico Sturzenegger al régimen de inocencia fiscal expone una contradicción cada vez más evidente entre el discurso oficial y las acciones concretas del poder. Durante años, quienes hoy gobiernan construyeron su identidad política denunciando los privilegios de la “casta”, señalando a la dirigencia tradicional como responsable de la decadencia institucional y moral de la Argentina. Sin embargo, cuando los propios funcionarios recurren a mecanismos que reducen exigencias de control y fiscalización sobre el patrimonio de los contribuyentes, la pregunta surge inevitablemente: ¿dónde quedó aquella promesa de transparencia absoluta? La función pública no debería conformarse con cumplir el mínimo que exige la ley. Quienes administran los recursos y destinos de millones de argentinos tienen la obligación ética de someterse a los más altos estándares de control y publicidad de sus actos. La ejemplaridad no puede ser selectiva ni acomodarse según las conveniencias políticas del momento. Mientras millones de trabajadores, comerciantes y profesionales deben justificar cada peso que generan en un contexto económico cada vez más complejo, desde el poder se impulsan herramientas que muchos ciudadanos perciben como un retroceso en materia de transparencia. La legalidad de una medida no la convierte automáticamente en justa ni en políticamente acertada. La Argentina atraviesa una profunda crisis de credibilidad hacia su dirigencia. En ese contexto, cualquier acción que debilite los mecanismos de control o genere sospechas sobre la trazabilidad de los patrimonios públicos alimenta la desconfianza social y deteriora aún más el vínculo entre representantes y representados. La verdadera batalla contra la casta no se libra con consignas ni campañas de marketing político. Se libra con coherencia. Se libra cuando quienes ocupan cargos públicos aceptan controles más rigurosos que el resto de los ciudadanos y no cuando buscan refugio en regímenes que generan dudas legítimas sobre el compromiso con la transparencia. Porque cuando el poder comienza a relajarse frente a los controles, cuando las excepciones se transforman en reglas y cuando la política se otorga beneficios que resultan difíciles de explicar ante la sociedad, la casta no desaparece. La casta persiste. Simplemente se disfraza de cambio mientras reproduce las mismas lógicas de privilegio que alguna vez prometió combatir.
Williams Rodrigo Fanlo Llanos
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